Buen día.

Desde el Tesoro

Fría mañana, fría de verdad. Las noticias anunciaban una semana con bajas temperaturas. Salir a fotografiar amaneceres implica una verdadera disciplina militar. Alzarte antes del alba tiene su recompensa. Cualquier foto tomada entre la salida del sol y el desteñimiento del negro cielo asegura fotos de una belleza particular. Por mi parte, tuve dificultades para descobijarme y mojarme la cara para despertar. Me cambié, el cielo estaba por aclararse. Tomé la bicicleta, en mi mochila llevaba el tripie y la cámara. Pedaleé fuerte, el problema es que debía subir una calle muy empinada para poder llegar al mirador del cerro del Tesoro. Di vueltas buscando la mejor vista en donde pudiera lograr el mejor encuadre. Y finalmente llegué a una calle poco transitada; los pocos que caminaban por la calle eran trabajadores de la obra. Estaba oscuro aún, comencé a montar la cámara en el tripie y en eso pasaron tres tipos. Soy grande, pero contra tres  tendría poco o nada que hacer si intentaran robarme. No hice caso, seguí en lo mío, preparar la cámara, y ellos en lo suyo, caminar. Desaparecieron. Cuando el aparato estuvo listo, alcé la cabeza y en frente estaba el cerro del Cuatro bañado por un color naranja. No me lo pensé, era una imagen que buscaba. El encuadre ya lo tenía en la mente. Programé tres exposiciones distintas en el menú para después editar la foto. Había válido la pena. Cuando regresaba a casa aún hacía frió, menos, pero seguía la fría mañana, fría de verdad.