14 de febrero, el amor y su retórica vacía

 

I don’t wanna be in love with you 
Love is a waste of my time
Don’t waste my time cause I’ve got better things to do
To you love is just games and
Googly eyeed teen romance
That’s why I don’t wanna be in love with you
I don’t wanna think about you everyday

“Love”, Screeching Waesels

Los 14 de febrero el paisaje cotidiano está inundado de color rosa. Los puestos de flores están atiborrados de gente comprando ramos. En los semáforos te atacan legiones de vendedores ambulantes con peluches y rosas. Los moteles te ofrecen un descuento especial en la suite con jacuzzi. Las plazas comerciales son un expendio de globos en forma de corazón. Por las calles caminan parejas acarameladas bien agarradas de la mano. En los camiones la estación que suena en la radio es Fórmula Melódica. En la televisión se programa Titanic en horario estelar. En Facebook todos mis amigos suben fotos con sus parejas presumiendo sus regalos y declarándose públicamente amor eterno. En fin, es el día más nauseabundo de los 365 días que tiene el año: se celebra el amor (y la amistad, aunque esta última se festeja porque no todos tienen la suerte de contar con una media naranja).

No solo nuestras sociedades modernas han celebrado tal sentimiento (pero quizá sí es la única que ha lucrado tanto). El amor ha sido desde la antigüedad un tema muy importante de las preocupaciones humanas. Siempre evocado, muchas veces aplaudido, éste ha sido comúnmente representado en el arte como el sentimiento más noble, aquel que “mueve montañas” para estar con el ser amado; aquel que, en palabras de Platón, “nos mantiene en armonía entre la esfera humana y la divina (…) el lazo que une el gran todo”[1].  Sin embargo, hay una cara del amor a la que se pone poca atención: su retórica vacía.

El principal obstáculo con el que nos topamos todos los amantes cuando nos embarcamos en ese crucero de penurias estriba en el lenguaje: ¿Cómo hacerle entender a alguien cuánto lo amamos? En la literatura, la novela de Madame Bovary es quizá una de las mayores críticas a la idealización de la pasión romántica. En ésta, la protagonista se convierte en una especie de Quijote que se imagina ser una heroína como las que describen sus libros de literatura romántica. Madame Bovary no pelea con molinos de viento, sino con su monótona vida conyugal en la que el amor es todo menos como lo pintan los libros sobre príncipes azules y banquetes de gala en lujosos castillos. Al igual que el Quijote, Madame Bovary busca arrancarse de esa realidad poco novelesca adoptando la retórica usada en los diálogos de sus libros. El amor a primera vista que resulta de su encuentro con Rodolphe Bolagner no se debe tanto a un verdadero enamoramiento físico-intelectual (comúnmente conocido como flechazo), sino a las aventuras leídas sobre las protagonistas de sus novelas. La pasión de Madame Bovary es solo una imitación de sus modelos literarios. Rodolphe se convierte en la salida de esa aburrida realidad conyugal que ahoga la existencia de la dama. Una vez consumado el acto adultero, Madame Bovary, pensándose una heroína romántica, hace saber cuánto ama a Rodolphe. ¿Cuántos de nosotros no habremos repetido una por una las frases de Madame Bovary después del primer beso o de haber intimado con el ser amado?

“—¡Oh!, ¡es que te quiero! —replicaba ella—, te quiero tanto que no puedo estar sin ti, ¿lo sabes bien? A veces tengo ganas de volver a verte y todas las cóleras del amor me desgarran. Me pregunto: ¿Dónde está? ¿Acaso está hablando con otras mujeres? Ellas le sonríen, él se acerca. ¡Oh, no!, ¿verdad que ninguna te gusta? Las hay más bonitas; ¡pero yo sé amar mejor! ¡Soy tu esclava y tu concubina! ¡Tú eres mi rey, mi ídolo! ¡Eres bueno! ¡Eres guapo! ¡Eres inteligente! ¡Eres fuerte!”[2]

Madame Bovary (y cualquier enamorado), ardiendo por la pasión (y las hormonas), hiperboliza su mensaje ante las dificultades de encontrar palabras o expresiones apropiadas para transmitir su sentimiento: “¡Oh!, ¡Es que te quiero tanto que no puedo estar sin ti!”, “todas las cóleras del amor me desgarran”, “¡Tú eres mi rey!”, “¡Soy tu esclava!”. Son frecuentes el uso de este tipo de hipérboles en los enamorados en las que se alude a la necesidad de tener al ser amado como posibilidad de existencia o en las que éste llena el vacío existencial. Expresar que morimos sin él o ella, o que su existencia nos gobierna, aseguran en un alto porcentaje el éxito de poseer el objeto de nuestro amor.

Esta concepción ontológica del Eros mama sin duda de la ubre platónica. Para Platón, “amar lo bello es desear apropiárselo y poseerlo siempre para ser dichoso”[3]. Detrás del discurso romántico occidental subyace la idea presentada por Aristófanes en el Banquete. Platón, en boca del dramaturgo, expone un mito en el que intenta explicar el porqué “el amor es el deseo de encontrar esa mitad que nos falta”, sin la cual nuestra existencia está incompleta.

 

En uno de los pasajes más interesantes de Madame Bovary, Flaubert desnuda ese romanticismo meloso-platónico sobre el cual Hollywood y Disney han sabido construir su imperio. Obnubilados por Eros, todos los amantes revisten, pues, su discurso con un lenguaje falto de contenido y alejado de todo referente que se desvela una vez que se va enfriando la pasión:

“Emma se parecía a todas las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le habían murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de las mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.”

Es así como surgen, en ese intento por transmitir lo imposible de nombrar, la poesía y el lenguaje figurado. La poeta alemana, Bettina von Arnim, en una referencia sobre la locura de Hölderlin, alude a este surgimiento del lenguaje poético a partir de la imposibilidad de expresarse por otro medio:

“Solamente cuando el pensamiento se ve en la imposibilidad de expresarse por otro medio que no sea el ritmo, cuando el ritmo se convierte en el único y solo modo de expresión, solamente entonces hay poesía…[4]

Sin embargo, la crítica de Flaubert no va contra toda poética, sino únicamente contra aquel patetismo romántico de la poesía amorosa provenzal retomada por la burguesía del siglo XIX, la cual “pinta con encendidos ardores cómo el caballero comparte el lecho con su amada”[5]. Para Flaubert, la palabra humana se adorna de tal manera que aparenta transmitir lo sublime cuando en realidad oculta afectos mediocres, como por ejemplo el adulterio perpetrado por Madame Bovary. Así, paradójicamente, es quizá el señor Bovary el que realiza el verdadero acto de amor al soportar a su mujer y no Madame que busca cambiar a ese pobre hombre que le ha dado literalmente todo por una aventura novelesca.

Para los amantes empedernidos un simple te amo no bastara – y más en 14 de febrero -; los tropos del lenguaje y los regalos[6] son el vehículo por el cual se transmitirá la pasión que despierta el ser amado.

Si la retórica sentimentalista de Madame Bovary y su exaltación pasional son moldeadas por la lectura de novelas románticas, en las sociedades modernas son la industria fílmica y musical la encargada de abastecernos de esos modelos – los Luismi, los Elvis, los Rod Stewart, los Billy, los Justin, los Ashton Kutcher, los Dicaprio, y todos los románticos incurables que recitan sus canciones ante millones de espectadores y actúan en pantalla – son los culpables de que las novias, esposas, amantes, novios o esposos exijan comportamientos similares a los de esos personajes. Un ejercicio simple, como una búsqueda por internet de las canciones favoritas de los enamorados, nos mostrará un discurso semejante al de Bovary:

En inglés

She’s got a way (Billy Joel)

“She’s got a way about her, I don’t know what it is, but I know that I can’t live without her…”

Have i told you lately (Rod Stewart)

“… you fill my heart with gladness, take away all my sadness. Ease my troubles, that’s what you do…”

I Can’t Stop Loving You (Elvis Presley)

“I can’t stop loving you (…) So I’ll just live my life In dreams of yesterday (…) They say that time,
heals a broken heart, but time has stood still since we’ve been apart”

Y en español:

El Reloj (Roberto Cantoral)

“Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer. Ella se ira para siempre cuando amanezca otra vez (…) Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga. Ella es la estrella que alumbra mi ser
Yo sin su amor no soy nada…”

Fiebre de amor (Luis Miguel)

“Tú has causado en mi existir, la más bella sensación sin la cual no se vivir: fiebre de amor”

… es libre de agregar cualquier canción.

Lo mismo pasaría si extrajéramos las tramas y diálogos de las “comedias románticas” (el mal del cine contemporáneo). Me acuerdo de una película que era tan asquerosamente melosa que aún hoy en día tengo pesadillas por las noches, en ellas me encuentro amarrado frente a una pantalla (como Alex DeLarge) viendo eternamente la susodicha película:

P.S. I love you (Richar LaGravenese, 2007)

“Ambientada en Irlanda, se centra en las vidas de Holly y Gerry, quienes eran novios desde el instituto y se sentían como si siempre hubiesen estado juntos. Podían acabar las frases del otro, e incluso cuando discutían, como sobre quién debía salir de la cama para apagar la luz cada noche, todo era tomado con humor. Holly no sabía qué sería de ella sin Gerry.

Gerry fallece por un tumor cerebral. Desde entonces, Holly vive de viuda, sola sin su marido y en shock por la situación y comete algunas locuras (como imaginarse que está con Gerry o que le está hablando). Tres semanas después de su muerte (en el cumpleaños nº 30 de Holly), ella sale de su casa para recoger un misterioso paquete blindado que ha recibido su madre para ella. Cuando lo abre, se encuentra con que Gerry le ha dejado “La Lista”, una serie de cartas con instrucciones para cada mes. Todas van firmadas con “PD: Te amo”.[7]

Ante esta cursilería barata, no hay mucho que hacer; llegado este momento bovariano, la amante derramando lagrimas frente a la pantalla se preguntara si el cretino que tiene al lado haría lo mismo por ella. Una vez puesto el listón demasiado alto, cualquier 14 de febrero y fechas especiales para los enamorados que este exento de sorpresa reforzará la idea de la monotonía dentro de la relación.

Si Platón puso las bases filosóficas del amor, fue el bovarismo el que determinó la forma de expresarnos y comportarnos románticamente. Gracias al capitalismo, que como rey Midas todo convierte en oro, el bovarismo se extendió como enfermedad en las sociedades modernas. Para los amantes, la única forma de entender el amor es a través de regalos y palabras cursis aderezadas por la sorpresa. Como si vivieran dentro de una película o un videoclip musical, los amantes buscan extirparse de la anodina realidad en la que viven con su pareja, y convertirse en los héroes y heroínas de sus cuentos de hadas. Los 14 de febrero son igual de vacíos que las palabras emitidas por Bovary, un día exagerado en todos los sentidos.

Por ello, este mes “dedicado” al amor, retomemos la crítica de Flaubert. El día del amor oculta detrás de todos esos peluches, rosas, globos y regalos, comportamientos mediocres y mezquinos originados por una mimesis colectiva que hollywoodisa nuestro comportamiento.

Para curarnos de este bovarismo es necesario cambiar ciertos rituales románticos. En este mes del amor, usted querido lector, no le regale nada al ser amado, no le repita palabras escuchadas en su canción romántica favorita o leídas en los poemas de Benedetti, no le llene la habitación de pétalos de rosa, no le tapice el auto de post-it, no le lleve al motel, no vean comedias románticas, no haga nada; el amor es algo más sencillo que eso, a veces es simplemente soportar los pedos del que se tiene al lado.

 

 

 

 

[1] Platón, El Banquete (Obras Completas); Ebook, http://www.epulibre.org

[2] Gustav Flaubert, Madame Bovary; Ebook, http://www.epulibre.org

[3] Platón, El Banquete (Obras Completas); Ebook, http://www.epulibre.org

[4] Hölderlin, Poemas de la locura, traducción de Txaro Santoro & José María Álvarez; Ebook, http://www.epulibre.org

[5] Sobre esta cuestión, Engels comenta en El origen de la familia:

“La primera forma del amor sexual aparecida en la historia, el amor sexual como pasión, y por cierto como pasión posible para cualquier hombre (por lo menos, de las clases dominantes), como pasión que es la forma superior de la atracción sexual (lo que constituye precisamente su carácter específico), esa primera forma, el amor caballeresco de la Edad Media, no fue, de ningún modo, amor conyugal. Muy por el contrario, en su forma clásica, entre los provenzales, marcha a toda vela hacia el adulterio, que es cantado por sus poetas. La flor de la poesía amorosa provenzal son las Albas, en alemán Tagelieder (cantos de la alborada). Pintan con encendidos ardores cómo el caballero comparte el lecho de su amada, la mujer de otro, mientras en la calle está apostado un vigilante que lo llama apenas clarea el alba, para que pueda escapar sin ser visto”.

Es así como el amor entendido como la búsqueda por la otra mitad (pasión) se da en un marco todo menos moralmente correcto para la ética occidental.

[6] Precisamente Madame Bovary decide suicidarse por las deudas obtenidas al llenar de regalos a sus amantes.

[7] P.S. I love you (Richard LaGravenese, 2007), Wikipedia

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3 thoughts on “14 de febrero, el amor y su retórica vacía

    • aficionado0 8 febrero, 2016 / 11:32 pm

      jajaja, Gracias Daniel, solo quería mostrar otra cara del amor menos idílica . Saludos desde México y gracias por comentar!

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