Pátzcuaro y la muerte

Quizá en ningún lugar se celebra la muerte como en esa pequeña región ubicada en Michoacán. Cada año en Pátzcuaro, a las vísperas del 2 de noviembre, los habitantes le rinden culto a sus difuntos mediante altares y ofrendas. Se supone que el espíritu del difunto visita a sus seres queridos, siendo el altar la puerta de entrada a este mundo. Sin embargo, más allá de estos elementos paranormales, la muerte se convierte en un lazo social que une a las familias y vecinos en pos del recuerdo de la persona fallecida. Realmente se siente un ambiente de fiesta en las calles, los habitantes se preparan días atrás en la construcción de los altares, el adornamiento de las calles, las cocinan preparan los manjares que degustará de nuevo el espíritu visitante; y es que al final (se crea o no en otra forma de existencia), no hay otra muerte más que el olvido. La ofrenda y el altar tienen, pues, el único sentido de mantener viva la existencia del difunto a través del recuerdo en las generaciones posteriores.

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El hartazgo

Un eco recorre todo México. Es el eco de la impotencia, del miedo, de la rabia contenida, del ya basta. Hoy el hartazgo se debió por la violencia usada contra el magisterio de Oaxaca el pasado domingo (http://goo.gl/1RmPiz), pero pudo ser cualquier otra situación en la que los derechos civiles se hubieran visto violentados para que la gente saliera a protestar y mostrar su molestia hacia los que gobiernan el país. El sexenio de Peña Nieto se caracterizará por la mano dura y la imposición de unas reformas que solo benefician a unos cuantos. Atrás quedará un gobierno odiado por una gran parte de la población. Es el sexenio de las marchas y del hartazgo. Solo no debemos olvidarlo; que sirva esto como una voz de la conciencia para no repetir los mismo errores del pasado.