Pátzcuaro y la muerte

Quizá en ningún lugar se celebra la muerte como en esa pequeña región ubicada en Michoacán. Cada año en Pátzcuaro, a las vísperas del 2 de noviembre, los habitantes le rinden culto a sus difuntos mediante altares y ofrendas. Se supone que el espíritu del difunto visita a sus seres queridos, siendo el altar la puerta de entrada a este mundo. Sin embargo, más allá de estos elementos paranormales, la muerte se convierte en un lazo social que une a las familias y vecinos en pos del recuerdo de la persona fallecida. Realmente se siente un ambiente de fiesta en las calles, los habitantes se preparan días atrás en la construcción de los altares, el adornamiento de las calles, las cocinan preparan los manjares que degustará de nuevo el espíritu visitante; y es que al final (se crea o no en otra forma de existencia), no hay otra muerte más que el olvido. La ofrenda y el altar tienen, pues, el único sentido de mantener viva la existencia del difunto a través del recuerdo en las generaciones posteriores.

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El yo, el doble y la muerte o el temor a ser fotografiados

Mientras apuntó con mi cámara, una guardia de seguridad que rodea el lugar se me acerca y me invita a no estar tomando fotos, ya que mi aspecto de secuestrador y pervertido sexual podría hacer pensar a las personas que las estoy espiando. No quise ponerme a alegar con el policía, así que guardé rápidamente mi cámara. Ya otras tantas veces en las que soy un mero contemplador del paisaje, me habían vetado de estar con la cámara en mano y con el ojo en la mirilla.

¿Por qué el temor a ser fotografiado si hoy en día todos se fotografían con el celular, todos comparten sus imágenes y su existencia en las redes?

La respuesta se encuentra en un miedo cultural y antropológico al ser retratados y a la fotografía misma. Como arte, la fotografía es poco sutil: <<¡ah si yo pudiera salir en el papel como en una tela clásica, dotado de un aire noble, pensativo, inteligente, etc!>> se lamenta Barthes en su ensayo La cámara lúcida. La fotografía desnuda el “yo” a través de la imagen; al no coincidir el “yo” con la imagen retratada, ésta se nos presenta pesada, torpe, inmóvil, obstinada. Históricamente, “verse a sí mismo” era restringido a las grandes personalidades “nobles” que podían pagar un gran retratista, el cuál con su sutil arte engrandecía la imagen, y con ello alimentaba el ego del “yo”. Con el advenimiento de la fotografía, el “yo” se escinde de su imagen, el “yo mismo” se convierte en “otro”, en el temido “doppelgänger” de la literatura o el doble mítico al que tanto miedo han tenido todas las culturas. El temor a ser objetivizado como pura imagen es porque en la fotografía “me convierto en un espectro” (Barthes), de sujeto paso a objeto en papel. Mi “yo” muere, queda atrapado en ese instante del tiempo, una parte de mí se vuelve “la Muerte en persona, se me despoja, un objeto clasificado en un fichero” (Barthes). En el fondo, dice Barthes, el verdadero temor a la foto que toman de mí, no es a ella misma, sino a la muerte que representa, la muerte es el eidos de esa foto.

 

 

 

Buen día.

Desde el Tesoro

Fría mañana, fría de verdad. Las noticias anunciaban una semana con bajas temperaturas. Salir a fotografiar amaneceres implica una verdadera disciplina militar. Alzarte antes del alba tiene su recompensa. Cualquier foto tomada entre la salida del sol y el desteñimiento del negro cielo asegura fotos de una belleza particular. Por mi parte, tuve dificultades para descobijarme y mojarme la cara para despertar. Me cambié, el cielo estaba por aclararse. Tomé la bicicleta, en mi mochila llevaba el tripie y la cámara. Pedaleé fuerte, el problema es que debía subir una calle muy empinada para poder llegar al mirador del cerro del Tesoro. Di vueltas buscando la mejor vista en donde pudiera lograr el mejor encuadre. Y finalmente llegué a una calle poco transitada; los pocos que caminaban por la calle eran trabajadores de la obra. Estaba oscuro aún, comencé a montar la cámara en el tripie y en eso pasaron tres tipos. Soy grande, pero contra tres  tendría poco o nada que hacer si intentaran robarme. No hice caso, seguí en lo mío, preparar la cámara, y ellos en lo suyo, caminar. Desaparecieron. Cuando el aparato estuvo listo, alcé la cabeza y en frente estaba el cerro del Cuatro bañado por un color naranja. No me lo pensé, era una imagen que buscaba. El encuadre ya lo tenía en la mente. Programé tres exposiciones distintas en el menú para después editar la foto. Había válido la pena. Cuando regresaba a casa aún hacía frió, menos, pero seguía la fría mañana, fría de verdad.